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29.mar.2014 / 12:02 pm / Haga un comentario

descargaSegún las fuentes consultadas, tal vez sea Francisco Gabriel el venezolano que atesore la más grande, exótica y universal colección de epítetos.

En Estados unidos le recibieron como “sabio extrajero”, “ caballero amante de la libertad”, “docto en el arte militar”, “ejemplo vivo del más perfecto carácter humano”, “jefe capaz de capitanear la insurrección del pueblo y de realizar cualquier otra audaz empresa”, “hombre de excelente instrucción clásica y conocimientos universales”.

John Adams, que sería el segundo presidente de los USA, opinaría:

“Miranda sabía más de cada campaña, batalla, sitio, asalto, combate o escaramuza habida durante la guerra de independencia de los Estados Unidos que cualquier oficial de nuestro ejército o gobierno de nuestro país… Se distinguía por su agudo intelecto, inquieta imaginación y curiosidad insaciable”.

Sin embargo Jefferson no fue capaz de darle un sólo cartucho al General, sino que lo mandó a que lo esquilmara la mafia portuaria de Nueva York. En 1811, el presidente Madison, requerido por la delegación de la Junta Suprema, se negó a reconocer la legalidad del gobierno patriota, y a venderles un solo fusil a los revolucionarios, mientras aceptaba un pedido de fabricar 80.000 para España.

Debe recordarse que al regreso de la misión diplomática a Norteamérica murió Juan Vicente Bolívar jefe de la misma y hermano del Libertador, en un naufragio.

En el aciago año 1812, Miranda, ya como jefe de gobierno, siguió insistiendo a los norteamericanos por recogimiento y armas, sin resultado alguno.

Sólo hasta 1822 los yanquis, representados por el famoso Monroe, reconocerían la Independencia de Venezuela, sin menoscabo de que ante la protesta de España, el secretario de Estado, John Quincy Adams, hijo del fulano aquel que alababa a Miranda, expusiera: “por el hecho del reconocimiento, no se ha de entender que hemos de impedirle a España que haga cuanto esté de su parte por restablecer en las colonias de su autoridad”.

Es así como Miranda, que se fajó con los ingleses por la libertad de las 13 colonias, es la primera víctima de la estrategia norteamericana de observar el desangramiento de latinoamericanos y españoles, para luego apoderarse de la América recién nacida.

¿Cuánto no se reirían los Padres Fundadores del Imperialismo yanqui del compa Miranda con eso de una Hispanoamérica unida desde el Mississippi hasta la patagonia? Que a los pocos años Estados Unidos puso sus cercos nacionales hasta el río Bravo y sus monopolios y espías hasta la Tierra de Fuego.

Los ingleses llamaron al Precursor:

“Notable hispanoamericano”, “hombre de ideas excelsas y hondos conocimientos”, “erudito y con gran experiencia de la vida”, “mártir de la Inquisición española”… (y de la piratería británica, añadimos nosotros.)

Los rusos zaristas lo homenajearían como: ”exótico huésped”, “hombre de extraordinaria personalidad e inteligencia”, “de carácter honrado y noble”. Eso hasta que se enroló con los revolucionarios franceses, porque de ahí se “convirtió” en un “hombre capaz de desempeñar un papel tan estúpido”.

En el partido de la Gironda se le tuvo por: ” Caudillo filósofo”, “hombre de sabio patriotismo y apasionado celo en el cumplimiento de su deber”, “abogado de la Revolución”, “ciudadano ejemplar”, “jefe militar de talento y revolucionario honrado”, “”su valentía y talento, su propio nombre, todo ello le permitirá sin trabajo romper las cadenas de Pizarro y Cortés”. “El solo nombre de Miranda vale por todo un ejército, su capacidad, su arrojo y su genio son garantía de nuestra victoria!”.

A su vez, los jacobinos lo agarraron de: ”Aventurero y espía”, “enemigo del pueblo” o “cómplice de Doumoriez”. El susodicho traidor diría posteriormente que era “jacobino”, “agente de los Estados Unidos” e “inepto”.

“Es un Don Quijote, con la única diferencia de que no está loco”, sentencia finalmente Napoleón, cuando conoció personalmente a nuestro paisano.

En resumen, los ingleses lo tenían por fiera suelta republicana y agente norteamericano; los yanquis, por agente de los rusos; éstos por agente de los franceses, que a su vez, y a cada rato, lo estaban echando preso por sospechoso de cualquier cosa.

La inquisición, la policía secreta española, y no pocos criollos lo llamaron: ”Mulato”, “encausado”, “mercader”, “aventurero indigno”, “contrabandista”, “traidor a la patria”, “prófugo”, “peligrosísimo enemigo de España”, “fascineroso”, “librepensador” de cuidado”, “impostor y sinvergüenza”, “traidor condenado por delitos políticos”, “hombre peligroso para su monarca”, “oveja descarriada”, “terrible y peligroso”, “judas”, “capitán de terrorífica banda de piratas, matones y delincuentes”; “anti-cristo”, “demoníaco y protestante”, “apóstata”, “pirata inglés”, “delincuente de estado”, “nuevo belial”, “monstruo insensato”, “extranjerizante”; “impío volteriano”.

Juan Germán Roscio, su compatriota, diría que Miranda era un “diseminador de la discordia y chismes”…

La participación en la guerra de independencia norteamericana ayuda a nuestro joven Miranda a transformar su natural resentimiento en motivaciones políticas e ideológicas más amplias.

Con la emancipación de la América meridional se cobraría a España más de 300 años de opresión y agravios – pensaría Francisco -, pero él, hijo del humillado tendero canario, tampoco se pondría a las órdenes de los arrogantes y pretenciosos mantuanos, especialistas en comer, dormir, rezar y pasear. En este sentido, la insistencia del General por solicitar ayuda extranjera para su proyecto libertario no sólo tiene que ver con un cálculo sensato de la correlación de fuerzas existentes, sino con una gran desconfianza para con los soberbios e intrigantes feudales criollos, que explotaban inmisericordemente a esclavos con todas las monarquías europeas defendiendo la República Francesa y los derechos del hombre.

En la práctica, Miranda actuaba con absoluta independencia con respecto al partido mantuano. Por ello su voluntarismo en el fracasado desembarco de Coro.

De allí que en las instrucciones dadas a Bolívar y el resto de la delegación, que la Junta Suprema envió a Londres a finales de 1808, se les ordena defenderse de Miranda: “El General que fue de Francia y maquinó contra los derechos de la monarquía que tratamos de conservar… o aprovechar sólo su concurso de algún modo que sea decente a la comisión”.

La junta ni siquiera envió una invitación al General para que regresara a su tierra natal, por cuya libertad había gastado más de 20 años de su vida. Sólo ciertos jóvenes criollos calificados de “calaveras”, “revoltosos” son los que reciben en La Guaira al abuelito Miranda. Bolívar lo aloja en su casa y le entrega la dirección de la Sociedad Patriótica.

Por otro lado, los mantuanos viejos lo aceptan en el Congreso de 1811 como diputado por el pueblito de El Pao, lo que no deja de ser una nueva discriminación para quien años antes se paseaba por Europa como “Representante plenipotenciario de las ciudades y provincias de Suramérica”. Por último, ya hemos visto cómo se le entregó a última hora la averiada nave del Estado, para que hiciera un milagro, o pasara a la historia como único responsable del naufragio. Luego se le detiene, impidiéndole su salida a Nueva Granada, facilitándose así su captura por Monteverde.

Sobre este hecho se puede decir que cada autor consultado tiene una versión diferente de este hecho doloroso que costó el que se tronchara la heroica carrera del Precursor, y que Bolívar, el Libertador, haya tenido que iniciar la suya mediante un pasaporte rogado a Monteverde.

Para nosotros, que de ninguna manera queremos oponer la trayectoria del Precursor con la de Bolívar, sino que al contrario las entendemos como complementarias, Miranda cayó en manos realistas como producto de la venganza del partido esclavista-terrateniente que siempre estuvo dispuesto a pactar con España y nunca a seguir las peligrosas utopías mirandinas.

En ese episodio participan personajes mantuanos que simbolizan muy bien las actitudes futuras del bloque aristocrático venezolano: Las Casas, comandante del puerto de La Guaira, luego de la prisión de Miranda, se reintegra al partido realista; Miguel Peña, enemigo de Miranda a partir de que éste exponía a su padre cuando la sofocación del motín monárquico de Valencia, posteriormente se quedaría en el bando patriota como uno de los enemigos políticos más acérrimos del Libertador; y el propio Bolívar, cuya obra futura no tiene nada que ver con la reconciliación con la “Madre Tierra”, ni con la entrega de nuestro país a otro imperio, ni con la perpetuación del régimen esclavista feudal. Antes bien, sabemos que gastó el resto de su vida en desarrollar y enriquecer al máximo el programa mirandino, síntesis a su vez de los ideales de quienes lo antecedieron, y aplicación tropical de lo más revolucionario de la época.

Hay quienes quieren desgraciar el legado del Precursor alegando justicia por parte de Bolívar. Hay otros que prefieren señalar sentimientos innobles de nuestro Libertador con respecto al consecuente anciano. Otros se pronuncian por verlos enfrentados en la historia compartiendo culpas por igual. Nosotros somos partidarios de un enfrentamiento entre Miranda y la ideología mantuana que oscilaba entre la conciliación y el cortoplacismo de quienes creyeron que la independencia sería un paseo. El precursor no creyó que con perder la batalla del año 12 se iba a perder la guerra de liberación de la América indo-hispana. Como en efecto no se perdió.

Como sabemos, Monteverde no respetaba legalmente al Consejo de Regencia; no obstante, ante los hechos cumplidos, el gobierno de Cádiz lo reconoce como Capitán General. En este carácter el jefe realista escribe a España, dando su versión de los hechos:

“Los que fueron contagiados, pero de algún modo obraron opuestamente a la maligna intención de los facciosos, deben ser perdonados de su extravío y aún contenerse en consideración sus acciones, según la utilidad que haya resultado de ellas al servicio de su Majestad. En esta clase se hallan Manuel María de las Casas, Miguel Peña y Simón Bolívar. Casas y Peña eran los que más estaban encargados del gobierno de la Guaira; el primero de lo militar y el segundo de lo político, cuando los facciosos de esa provincia trataron de escaparse por aquel puerto con su dictador Miranda, llevándose consigo los restos del erario de S.M. En los días que inmediataron precedieron a la entrada de mi ejército a Caracas. En el momento que pisé esta ciudad dí las órdenes más perentorias para la detención de aquellos en La Guaira; pero, afortunadamente, cuando llegaron, aunque dirigidas con la mayor rapidez, ya Casas con el consejo de Peña y por medio de Bolívar había puesto en prisión a Miranda y asegurado a todos sus colegas, operación en que Las Casas expuso su vida que habría perdido si se hubiera eludido su orden, del mismo modo que habrían corrido riesgo Peña y Bolívar. Casas completó su obra de un modo satisfactorio… Yo no puedo olvidar los interesantes servicios de Casas, ni de Bolívar y Peña y por su virtud no se han tocado sus personas, dando solamente al segundo su pasaporte para países extranjeros, pues su influencia y conexiones podrán ser peligrosas en estas circunstancias”.

En otro mensaje diría Monteverde: “Esta fue la razón poderosa que tuve para disimular y dar pasaporte a tres o cuatro con dolor mío y a pesar de todos mis temores”.

Podemos decir entonces que a opinión de Monteverde, Bolívar salvó la vida porque obró “opuestamente a la maligna intención de los facciosos” (irse con Miranda a Nueva Granada). Sin embargo, teniendo “influencia y conexiones peligrosas” (con magnates criollos de Caracas, a quienes Monteverde tenía que neutralizar) recibió su pasaporte con “dolor y temor” del jefe realista que sabía que Bolívar era un mantuano diferente a Las Casas o Peña.

No se equivocaba Monteverde. De La Guaira, Simón viajó a Curazao y la Nueva Granada, y como calcando el plan estratégico de Miranda, allí solicita y recibe ayuda y recupera al movimiento con el que derrota a Monteverde en el año 13.

Bolívar convierte en arma ese humillante pasaporte porque su oposición a Miranda fue por razones muy diferentes a las de Las Casas y Peña, nueve años después, y ya en posesión del Título de Libertador declararía: “Cuando el año doce, la traición del comandante de la Guaira, Manuel María de Las Casas, puso en posesión del general Monteverde aquella plaza con todos los jefes y oficiales que pretendían evacuarla, no pude evitar la infausta suerte de ser presentado a un tirano, porque mis compañeros de armas no se atrevieron a acompañarme a castigar a aquel traidor o vender cáramente nuestras vidas”.

Felizmente, el futuro Libertador no vendió cara su vida tipo caballero feudal. Dolorosamente, el bochinche de la madrugada guaireña significó la perdición del Precursor. Por ello, y a pesar de las jugarretas y bochinches de la historia, no podemos imaginarnos a Miranda y a Bolívar de otra manera que no sea abrazados en la historia y en nuestras consignas, como padre e hijo y, junto a Sucre, las tres divinas personas del Dios de Colombia.

Miranda murió de cadenas y pelagra española, Bolívar y Sucre de tuberculosis y puñal montorista, y todos con la certeza de haber sido tontos útiles de los magnates del cacao, el tabaco, el ganado y el café, empeñados siempre en la explotación inmisericorde de los humildes y en venderle la patria al mejor postor imperial.

Volviendo a lo de la colección de epítetos, el peor pero el menos malintencionado lo recibe de Bolívar: “Cobarde”.

Estando Simón refugiado en Cartagena en noviembre del mismo año 12, escribe al Congreso de la Nueva Granada sobre las causas que a su parecer produjeron la caída de la República y a su vez propone la expedición de ayuda a los patriotas venezolanos. Dice en uno de sus apartados:

(Los españoles). “Derrotados allí (en los Valles de Aragua) completamente en cuatro acciones sucesivas por nuestro ejército, que apresuradamente se formó en Caracas por haber perecido, con la mayor desgracia, casi todos los soldados de la República bajo las ruinas de cuantas ciudades ellos guarecían, así en la capital como en las fronteras, tuvo sin embargo este que rendir sus armas sacrificándose a los designios de su General, quien, por una inaudita cobardía, no logró las ventajas de la victoria, persiguiendo al enemigo, sino antes bien, cometió la bajeza ignominiosa de prometer y concluir una capitulación que cubriéndonos de oprobio, nos tornó al yugo de nuestros tiranos”.

En diciembre, el Libertador envía una comunicación más profunda y formal con el mismo destinatario y contenido. No menciona para nada al General, sino que insiste, difuminando también su responsabilidad cuando los sucesos de la caída de Puerto Cabello, en la fatal e inevitable caída de una República, atacada ferozmente por los realistas y la contrarrevolución; dirigida por filósofos, filántropos y clementes, responsables de la disolución federal, de la anarquía, de la disipación de las rentas públicas en objetos frívolos y perjudiciales, y que por último recurrieron al peligroso expediente de establecer un papel moneda de garantía imaginaria, que la gente veía con más horror que la servidumbre. Además, vino el terremoto y más atrás los clérigos simoníacos, los que abusando sacrílegamente de la santidad de su ministerio encubrían a los enemigos del país y le metían miedo al pueblo.

En uno de los apartados, y refiriéndose en concreto a los errores de tipo militar, Bolívar apunta que la Junta Suprema dijo fortificar a la realista ciudad de Coro, y en lugar de subyugarla a tiempo, se opuso decididamente:

“… a levantar tropas veteranas, disciplinadas y capaces de presentarse en el campo de batalla, ya instruidas a defender la libertad con suceso y gloria.”

…”Los milicianos que salieron al encuentro del enemigo, ignorado hasta el manejo del arma, y no estando habituados a la disciplina y obediencia, fueron arrollados al comenzar la última campaña, a pesar de los heroicos y extraordinarios esfuerzos que hicieron sus jefes por llevarlos a la victoria… El soldado bisoño lo cree todo perdido, desde que es derrotado una vez; porque la experiencia no le ha probado que el valor, la habilidad y la constancia corrigen la mala fortuna…”

Centrados en Miranda, y partiendo de los argumentos de Bolívar, tenemos entonces a un General de “cobardía inaudita”, a quien el Congreso y El Ejecutivo le entregaron el mando de un ejército improvisado, “por haber perecido, con la mayor desgracia, casi todos los soldados de la República bajo las ruinas”, y a su vez bisoños, indisciplinados, incapaces e ignorantes. Entonces, lo que no hizo la cúpula mantuana (de filósofos, clementes, disolutos, anárquicos y consumidores de objetos frívolos y perjudiciales) en dos años (del 19 de abril de 1810 al 23 de abril de 1812), en el orden de los preparativos de los militares, se pretendió que lo hiciera Miranda en menos de tres meses con los pocos y maltrechos sobrevivientes del terremoto.

 Sin embargo, el General, con ese “ejército que apresuradamente se formó en Caracas”, derrotó a los españoles “completamente en cuatro acciones sucesivas”, pero como los milicianos “salieron al encuentro del enemigo ignorantes hasta del manejo del arma” era inevitable que fueran “Arrollados al comenzar la última campaña, a pesar de los heroicos y extraordinarios esfuerzos por llevarlos a Victoria”.

 ¿Pero será que a Miranda no se lo incluye entre estos jefes esforzados, heroicos y extraordinarios?, ¿O será que se piensa que tenía la propensión congénita de proponer y concluir “bajezas ignominiosas”?.

Meses antes, en julio, Bolívar escribiría al General, con motivo de la pérdida de Puerto Cabello: ¿Con qué valor me atreveré a tomar la pluma para escribir a usted habiéndome perdido en mis manos la plaza de Puerto Cabello?

…Mi General, mi espíritu se halla de tal modo abatido que no me siento con ánimo de mandar un solo soldado…”

“Después de haber perdido la última y mejor plaza del estado, ¿como no he de estar alocado, mi General? ?De gracia, no me obligue usted a verle la cara!”

Ahora, analicemos este párrafo:

“Yo hice mi deber, … y si un soldado me hubiese quedado, con ése habría combatido al enemigo; si me abandonaron no fue por mi culpa. Nada me quedó que hacer para contenerlos y comprometerlos a que salvasen la patria; pero ¡ah! esta se perdió en mis manos.”

Cualquiera creería que es la respuesta de Miranda a la acción de los bochincheros cuando lo detienen . Mas, mas, sin embargo, es Bolívar quien continua informándole a su General, el 12 de julio de 1812, asegurando (13 días antes de la capitulación), que la patria estaba perdida.

Concluyamos entonces que: si la caída de Puerto Cabello es directamente proporcional a la de Venezuela, tenemos que la responsabilidad de Bolívar lo es a la de Miranda.

Observamos sí, que el futuro Libertador se abate y aloca como el que “cree todo perdido desde que es derrotado una vez”, en cambio, la “bajeza ignominiosa” del veterano Miranda, más bien parece una valiente medida estratégica para seguir intentando “corregir la mala fortuna con habilidad y constancia”.

En realidad, este asunto, que ha sido un gran bochinche histórico es más bien explicable en primer lugar por la conducta sinuosa del mantuanaje. La ideología de esta primera vanguardia oscilaba entra la conciliación con el imperio y el liberalismo más anárquico e irresponsable. En palabras de Bolívar: “Una estúpida indulgencia para con los ingratos y pérfidos españoles”…

¡Clemencia criminal que contribuyó más que nada a derribar la máquina que todavía no habíamos enteramente construido!

“El espíritu de partido decidía en todo, y por consiguiente nos desorganizó más que lo que las circunstancias lo hicieron. Nuestra división y no las armas españolas, nos tornó a la esclavitud.”

Por otro lado, Miranda y el Bolívar de aquel entonces, militares educados en los conceptos clásicos europeos, fueron sorprendidos por la táctica irregular de Monteverde, y luego por su dialéctica política: primero firma con Miranda una capitulación respetuosa de bienes y vidas republicanas, luego incumple y se lanza al saqueo y al crimen. Después, en La Guaira, encarcela al Precursor , encausado por “cobarde” por sus compañeros, y entonces premia los “interesantes servicios” de Bolívar, que como sabemos se opuso hasta el último momento a la capitulación, y era partidario de seguirlo combatiendo.

Bochinche, bochinche en los conceptos militares conocidos, que posteriormente Bolívar sintetizó y perfeccionó al máximo confundiendo, atormentando y derrotando a la flor y nata victoriosa de las guerras europeas antinapoleónicas, enrolada en la expedición de Pablo Morillo.

En lo político, el libertador hereda el calvario mirandino y se le forma también su propio bochinche con la cúpula mantuana, que quiere independencia sin revolución social, y con patriotas ultrarradicales.

Bochinche, bochinche, cuando Ribas, Piar y Bermúdez lo desconocen en Carúpano y lo echan del país, a finales del año 14. Bochinche, cuando lo amenazan y expulsan de Cartagena en enero de 1815 o cuando se le insubordinan Mariño y Piar en 1816.

Volviendo a Miradna, ni mantuano ni agente imperial, ¿A quien representaba? ?Cual era su ideología?

Hemos visto que en Europa y Norteamérica era la ilustrada burguesía la que se ponía a la cabeza del esfuerzo revolucionario y emancipador. Pero Miranda también fue testigo presencial de cómo cuán fácilmente devino en fuerza opresora para con la mayoría del pueblo e interesada en el mantenimiento y aun la conquista de nuevas colonias.

Nuestro general sintió en carne propia el desprecio o el interés malsano de la burguesía hecha gobierno en los Independentistas. Ha visto al francés Lafayette, uno de los padres fundadores de Norteamérica, disparar en París contra su propio pueblo y luego pasarse a la coalición enemiga. Ha vivido la traición de Doumoriez y ha observado a un Napoleón derribando monarquías para instituir, bajo banderas de “libertad, igualdad y fraternidad” un imperio reaccionario, anexionista y expoliador.

Aún sus amigos girondinos le propusieron que se colocara a la cabeza de una expedición punitiva contra patriotas haitianos.

En el otro extremo los jacobinos no se sentirían con suficiente autoridad moral para guillotinarlo.

Es por ello que creemos que Francisco no es un pensador burgués cualquiera, con bienes de fortuna que defender y acrecentar. Cuando aterriza en Venezuela en el año 10, sólo es dueño de canas, insultos y carceleadas. A su llegada tampoco en su patria se encuentra con valientes caudillos ilustrados burgueses, sino con los torvos y refractarios esclavistas-terratenientes de siempre, declarando la independencia porque no les queda otro remedio. España se ha convertido en una provincia francesa, el amado Fernando VII es un pelele preso de Napoleón y el Consejo de Regencia despacha desde un barco pirata inglés. Tampoco los mantuanos deseaban una independencia a lo Haití.

Es decir, que desechado por las potencias burguesas, tampoco en Venezuela encuentra quién lo apoye y dónde apoyarse, salvo una muchachada radical – Bolívar entre ellos. Que bastante le costaría alcanzar la mayoría de edad. Libertadora.

Miranda es portador de unas nuevas e incomprensibles ideas cuyos principales fundamentos parecen ser los siguientes:

La independencia total de las colonias españolas en América y su fusión en una sola gran patria continental, llamada por él “Colombeia”, extendida desde el Mississippi hasta la Patagonia. Concebidas así las cosas, en la estrategia unida de los patriotas indohispanos, estaría la fuerza capaz de derrotar a España, para lo cual tampoco estaría demás azuzar las contradicciones imperiales contra ésta.

A su vez, semejante nación era la garantía para no perecer al detal en manos de Inglaterra, Francia, Norteamérica y Rusia, cuyos planes de relevo anexionista conocía Miranda mejor que nadie. Con ellos se entenderá mejor la oposición del General, a la subdivisión federal de la recién Venezuela.

Esta “Colombeia”, con capital en Panamá, también estrenaría una novedosa y tropical forma de gobierno. En principio, Miranda habló de un Incanato o especie de monarquía constitucional, más bien para neutralizar los escrúpulos ingleses y rusos. Pero en realidad abogó por un sistema republicano centralizado, nada parecido al fracasado experimento girondino y a la república disoluta y racista a lo yanqui.

En fin, en el proyecto mirandino se quería recoger todo lo positivo y progresista de los experimentos burgueses y evitar todo lo que a su criterio los hacía devenir en sistema opresor. Utopía resuelta por Marx, Lenin y la clase obrera muchos años después.

¿Qué iban a estar comprendiendo esto los amos de esclavos y terratenientes criollos? Tampoco lo comprendían los esclavos y gentes de las cimarroneras. Que por aspirar a reivindicaciones más inmediatas y menos difusas cayeron en manos de caudillos anárquicos y demagogos realistas.

Por su parte, mucho le costaba a Bolívar hacerse entender por los desposeídos. Todavía en la campaña del sur, en los montes de Popayán y en los desfiladeros del alto Perú llovían peñascos y flechas indígenas sobre los ejércitos patriotas. Por apoyarse en los explotados y por aspirar a esa “América, la más grande nación del mundo, menos por su extención y riquezas que por su libertad y gloria”. Es que se le echa encima la misma aristocracia anitmirandina y los espías de Norteamérica, en momentos en que apenas se bajaba del caballo para planear la liberación de Cuba y Puerto Rico.

A la final, el Libertador, acorralado por su propia clase y el puñal yancónfilo, expresaría en su postrer y sincero delirio físico: “!Vámonos! ¡Vámonos! Esta gente no nos quiere en esta tierra… ¡Vámonos muchachos!… Lleven mi equipaje abordo de la fragata”.

Imáginamos, entonces, a Miranda recibiéndolo en la eternidad: “¿Te convenciste de que estos mantuanos del coño no saben hacer sino Bochinche?”.

Vistas así las cosas, desde el punto de vista histórico, es por ello que nuestra admiración y amor a Bolívar Libertador no puede ser inversamente proporcional a la admiración que nos merece nuestro Precursor.

Aun los hijos de Miranda, Leandro y Francisco, vinieron a Londres a ponerse a las órdenes de Bolívar. Francisco es de los pocos que lo acompañan hasta el final presenciando y llorando su agonía en Santa Marta.

Analizada la vida y el proyecto de Miranda, recogido y perfeccionado por Bolívar (hasta donde pudo), observamos que nada tiene que ver con la cristalización de la ideología burguesa propiamente dicha.

Hace rato que la burguesía se hizo del poder en América latina sin que ello haya conllevado a la materialización de los sueños de miranda o de Bolívar. Bastante tiempo y recurso ha tenido para aplicar las recetas rousseaunianas a como le ha dado la gana, pero nunca se ha atrevido a dar el golpe de timón antiimperialista como lo dieron los padres de la patria, y más bien se han aliado a los “vecinos del norte”, cuya fortaleza estriba en nuestra división. En su momento los yanquis llamaron al Libertador, y por ende a Miranda:

“Estadista teórico de imaginación fermentada con los propósitos flotantes e indigestos de esa gran confederación Americana”.

Entonces la empresa de Miranda y de Bolívar sigue trunca. No va a ser fácil culminarla, sobre todo si dejamos a esta burguesía, socia de los búfalos rubios, seguir conduciendo nuestros destinos nacionales.

Para nosotros, cachorros legítimos de Bolívar y nietecitos del viejo Francisco, el problema está en armarnos de la dignidad y clarividencia, internacionalismo, sentido de la diplomacia y consecuencia mirandinos, de la terquedad creadora de Simón y la pureza y el corazón de Sucre.

Tal vez, en las próximas décadas, podamos estrenar nueva Venezuela: para eso, está la gente decente y el prójimo trabajador, y los avances de la ciencia social y militar.

 Nuestra historia no admite pérdidas.

 

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