5.nov.2012 / 09:53 am / Haga un comentario

Por: Héctor Rodríguez Castro

hector@psuv.org.ve @hectorodriguez

Desde la aprobación de la Constitución Bolivariana de Venezuela, que incluye entre sus aspiraciones la construcción de una democracia protagónica y participativa, se ha iniciado un debate junto a un conjunto de experiencias que intentan transformar el Estado que hemos heredado. Sustituir un Estado que se había caracterizado por ser lejano al pueblo y por no respetar la soberanía que reside en los ciudadanos, con un nuevo Estado producto de la organización de una sociedad encaminada en la construcción y administración de los recursos en función de la satisfacción de sus necesidades, bajo principios de igualdad, justicia y solidaridad.

Pero en este intento de transformación debemos cambiar las relaciones sociales, económicas y políticas que han regido la sociedad y, a su vez, debemos cambiar los valores éticos y estéticos que hasta ahora la justifican y la reproducen. Significa desmontar la lógica del capital e imponer la lógica de lo humano.

Todo este proceso de construcción ha pasado por varias etapas. Iniciamos con las experiencias de las mesas técnicas, entre ellas se destacan las mesas técnicas para la democratización del acceso al agua, luego se emprendió el proceso de los consejos de planificación pública, que plantean la discusión y elaboración colectiva tanto de las políticas públicas como de los presupuestos para ejecutarlas. En una siguiente etapa,  avanzamos a la constitución de los consejos comunales como espacio de encuentro de las distintas expresiones organizativas de la comunidad y así desarrollar los autogobiernos. Este proceso apunta a la construcción de las comunas y cuenta con un sistema de fortalecimiento del poder popular en cuanto a la participación, la formación, la economía y la protección social. Igualmente se ha venido desarrollando todo un andamiaje jurídico para darle forma y desarrollo al principio constitucional de un nuevo Estado democrático, participativo y protagónico.

Cuando logremos construir el Estado comunal, la vida en comunidad debe estar caracterizada, como lo decía nuestro padre Bolívar, por la mayor suma de felicidad social, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política. Pero para ello  debemos construir comunidades donde seamos los ciudadanos quienes efectivamente tomemos las decisiones, las ejecutemos y las controlemos, donde los derechos sociales no sólo sean planteamientos legales, sino ejercicios prácticos, comunidades que sean económica y ecológicamente viables, es decir, que ampliemos nuestras capacidades productivas para garantizar la satisfacción de nuestras necesidades, sin poner en riesgo el agua que tomamos o el aire que respiramos.

Esa comunidad, en la que debemos consolidar el trabajo en colectivo, es una donde podamos caminar con nuestros hijos a su escuela, donde ir a nuestros centros de trabajo sea cómodo y ameno, donde podamos reír, leer, jugar y soñar con libertad y en igualdad.

 

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