6.oct.2013 / 08:43 pm / Haga un comentario

Conversaba con un buen amigo en estos días de octubre sobre los retos de la Generación del Bicentenario de la Independencia a la que ambos pertenecemos. Para evitarme malas caras y celos políticos evitaré nombrarlo. La política, decía el colega Willian Lara, “se hace con las neuronas y no con las hormonas”.

 Hablamos sobre la vocación de Poder, un tema duro de masticar, sobre todo cuando se trata de una generación que le ha tocado ser el futuro, hoy en el presente. No es que está llamada a dirigir los destinos del país en 20 o 30 años. Es que ya es el futuro. El bono demográfico por el que atraviesa el país le obliga no solo a “estar” para el futuro, sino “ser” para el presente.

 Un presente minado de las celadas sociales y existenciales de la modernidad. Las llamadas nuevas tecnologías cosifican cada vez más las relaciones humanas, imponen la ética del consumo en detrimento del encuentro social, de los afectos y sentimientos. Imponen un verticalismo criminal a la hora de la toma de decisiones en sacrificio de la democracia política.

 Son aspectos insoslayables para la Generación Bicentenaria, al igual que el combate al embarazo temprano y la recuperación de jóvenes en situación de delincuencia. Para ello se requiere concebir la política como el instrumento para la producción, mantenimiento y aumento de la vida inmediata de los ciudadanos en comunidad, tal como lo señala Enrique Dussel.

 Y es que, si Hugo Chávez nos permitió “ser”, su ausencia física nos obliga a hacer. Y ¿qué hacer? Se preguntaba Lenin en uno de sus clásicos. No tenemos otra opción generacional: formarnos, organizarnos, movilizarnos, que significa transformarnos. No sé qué sería de la vida de mi amigo y la mía sin Hugo Chávez al frente. Quizá nos hubiesen suicidado en alguna celda por reclamar la universalidad de la educación universitaria, un debate que ya los venezolanos hemos superado gracias a la Revolución Bolivariana.

 La gran tarea de esta generación será coronar la obra del líder: Hugo Chávez. No es tiempo de miserias políticas ni de afanes electoreros. Si es que mandar obedeciendo al Pueblo es parte de esa nueva vocación de Poder que ha heredado esta generación, desarrollar la paciencia estratégica “para las grandes cosas” resulta un imperativo categórico.

 Miranda pasó 40 años entre Europa, Estados Unidos, África y Asia acumulando experiencias y apoyo político y económico para liberar a Venezuela del yugo español. Debió apelar a la “paciencia estratégica” necesaria para prender la llama independentista en el continente. La obra la siguió Bolívar, quien conoció el destierro, la miseria y la traición y, sin embargo, se inmortalizó en Carabobo.

 200 años después aquí estamos, dice William Opino en su novela El País de la Canela “en el ápice del reloj de arena de la historia, donde las cosas que fueron, se convierten hoy, en las cosas son y en las cosas que serán”. No perdamos la perspectiva generacional. No perdamos la paciencia estratégica.

 Jesús Manzanárez

 @Manzanarezjesus

 

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