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2.feb.2013 / 09:30 pm / Haga un comentario

El primer decreto firmado por Chávez fue convocar a la constituyente nacional

Prensa AVN. -Muchas cosas han cambiado desde que el presidente Hugo Chávez asumiera por primera vez la presidencia en 1999. El candidato que recibió el mayor apoyo popular en la historia democrática venezolana hasta entonces (56,20% de los votos) entró esa mañana al hemiciclo del antiguo Congreso Nacional para proponerle al país un proyecto político que debía soportarse en lo que había sido su principal bandera durante la campaña electoral: la apertura de un proceso constituyente que garantizara, con la participación de todos los sectores sociales, la redacción de una nueva Carta Magna.

La figura que técnicamente enterró al bipartidismo se presentó al recinto del Poder Legislativo rodeado por sus más allegados colaboradores para asistir a los actos formales de asunción de investidura, ceremonia en la que también estuvieron presentes un nutrido grupo de mandatarios latinoamericanos, mezcla variopinta de figuras que ya reflejaba las tensiones y el cambio de época que se venía gestando en el continente.

Las primeras palabras de Hugo Chávez como Presidente de la República fueron escuchadas por mandatarios de la más pura cepa neoliberal como Carlos Menem (Argentina), Alberto Fujimori (Perú) y Jamil Mahuad (Ecuador), por presidentes moderados como Andrés Pastrana (Colombia) y por la entonces única referencia de la izquierda latinoamericana en el poder, el comandante Fidel Castro. Ese entorno resumía el clima de tibia hermandad que existía entre las naciones de América Latina y el Caribe, más preocupadas entonces de cómo cerrar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos que recuperar las ideas de auténtica integración enarbolada por los primeros libertadores. En aquella nota de color, no podía faltar el principal embajador de los intereses de España en Venezuela, el Príncipe Felipe de Borbón, heredero del Rey Juan Carlos.

Ante esas figuras y ante un país expectante que no sólo colmó los alrededores del Congreso sino que se paralizó ante radios y televisores para saber de primera mano de qué material estaba hecho el nuevo presidente, Hugo Chávez hizo gala de una audacia nunca vista en esas esferas, de un fraseo y de unas proposiciones que confirmaron la esperanza de millones de venezolanos. En aquellas circunstancias, el presidente Chávez mostró un estilo único que ha trascendido las fronteras y lo ha convertido en una referencia política mundial: “una de mis principales tareas es decir las verdades en las que creo. Yo las voy a decir, de diversas maneras”.

La verdad por delante

Sin contemplaciones, el presidente Chávez lleva 14 años diciendo sus verdades, tanto en Venezuela como en los distintos foros mundiales a donde asiste. Una tarea que ha combinado con una voluntad férrea de trabajo que no admite vacaciones ni domingos libres, aún contra todas las recomendaciones médicas. Ya lo anunciaba entonces en su discurso de toma de posesión: “Seré el primer soldado a tiempo completo de esa batalla, batalla que estoy seguro vamos a ganar contra el atraso, contra la miseria, contra el hambre”.

La insistencia de anudar el proyecto político al pensamiento bolivariano, de describir lo que sucedía en Venezuela como una auténtica revolución (“es un pueblo que recuperó por su propia acción, por sus propios dolores, por sus propios amores, recuperó la conciencia de sí mismo, eso no tiene otro nombre que una Revolución”), de citar a Pablo Neruda para decir que “Bolívar resucita cada cien años, cuando despiertan los pueblos”, tal como lo hizo aquel día, eso era apenas el preámbulo de un estilo franco y directo, de un proyecto político sostenido contra viento y marea que hoy, a la vuelta de 14 años, se ha incorporado de manera decisiva en el ADN del venezolano.

Si se toma en cuenta que el Presidente Chávez ganó su tercera reelección el pasado 7 de octubre de 2012 con el 55,07%, podría decirse que muchas cosas han cambiado en Venezuela desde aquel 2 de febrero de 1999, lo que no parece haber cambiado es la voluntad popular, el hecho de que las grandes mayorías sigan apoyando con asombrosa regularidad el proyecto bolivariano, presentado aquella vez ante el Congreso Nacional inmediatamente después de que el presidente Chávez jurara sobre la “moribunda” Constitución de 1961, acto simbólico que le dio la vuelta al mundo y que representó el fin y el nacimiento de una nueva época.

Desmontar la bomba social

La voluntad popular que ha acompañado con regularidad al presidente Chávez a lo largo de 14 años puede atribuirse a que desde un principio éste dijo lo que había que hacer y para quién, y con ello le devolvió a la política su sentido más público de servicio a las mayorías. El proyecto bolivariano se enunciaba en un nuevo lenguaje que sonaba en aquel entonces como una auténtica rareza dentro del paisaje político tradicional: “Es el momento de oír la voz de la nación y de oír ese tintineo que anda por todas partes; de recogerlo en un lazo y de hacerlo realidad”.

Así se expresaba Chávez en el hemiciclo, ante la presencia de los invitados internacionales, de los dirigentes de los partidos y representantes de las élites que habían gobernado al país durante los últimos 40 años, para referirse a un pueblo que clamaba por urgentes cambios y que demandaba un mayor protagonismo en las decisiones.

Más del 70% de la población vivía en situación de pobreza, el desempleo rondaba el 20%, las finanzas públicas estaban prácticamente quebradas, había un 9% de déficit fiscal, el pago de la deuda externa sobrepasaba el 30% del PIB y los ingresos petroleros se calculaban a 10 dólares por barril. En el contexto de esa “bomba social” que había que desmontar con urgencia, como la definió el presidente en aquella oportunidad, la meta de la Constituyente apuntaba no sólo a transformar las bases del Estado y relegitimar la desprestigiada democracia, sino más decisivamente a refundar la república, crear el marco donde pudieran participar millones de venezolanos que se encontraban distantes de las grandes decisiones políticas.

La Constituyente fue la hoja de ruta escogida por Chávez y las fuerzas bolivarianas que le acompañaban para que un país turbulento e inestable, que venía de sucesivos estallidos sociales, rebeliones militares, crisis financieras, ajustes neoliberales y aceleradas privatizaciones pudiera transitar el camino de la transformación pacífica y articular, de esa forma, una nueva historia en la que los sujetos centrales no fueran las viejas cúpulas y élites corruptas sino los sectores populares y las grandes mayorías.

En ese proyecto radicalmente nuevo, con palabras y referencias que exigían una esmerada atención, Chávez proponía otra forma de encarar la política, exigía creer en las capacidades populares, en la voluntad de la gente pobre para protagonizar los cambios venideros. En vez de pintar un país como el sueño perfecto para los inversionistas, el presidente Chávez anunciaba ante el mundo un decreto de emergencia social con el único propósito de atender a los más necesitados y restituir sus garantías fundamentales.

Respetar la soberanía popular

Para avanzar, Chávez pedía el compromiso de las mayorías con un proyecto que tenía una fuerte vocación popular. En su ya conocido papel de pregonero y acelerador, el presidente no dudó en enfatizar “que creamos en nosotros mismos, creamos en nuestro pueblo”, un principio que quedaría definitivamente amarrado al diseño y concepción de las políticas públicas nacionales y a la noción de pueblo como el único motor de los cambios sociales.

No en vano, las palabras de aquel primer discurso presidencial fueron encabezadas por la célebre frase de Simón Bolívar que se encuentra en el Discurso de Angostura (1819) y que durante los siguientes 14 años se convertiría en una auténtica filosofía de Estado para dirimir las grandes diferencias, en un país donde se han llegado a realizar hasta 14 elecciones desde entonces, a razón de una por año: “Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando convoca la soberanía popular para que ejerza su voluntad absoluta”.

Tampoco parece una casualidad que el discurso del 2 de febrero de 1999 terminara con aquella frase de Bolívar: “unidad, unidad, unidad tiene que ser nuestra divisa”. Una cita que Chávez ha utilizado en diversas coyunturas para aglutinar a las fuerzas patrióticas. Frase que también utilizó, dicho sea de paso, en su alocución ante el pueblo venezolano, horas antes de partir para La Habana a practicarse la delicada intervención quirúrgica del pasado 11 de diciembre.

“Unidad, unidad, unidad” es una frase que se estira, como un puente, a lo largo de 14 años de travesía política. En ese transitar, los indicadores de aquella bomba social que describía Chávez con minuciosa precisión en 1999, han cambiado y las perspectivas ahora son muy distintas (ver Logros de Chávez y la Revolución Bolivariana).

Al llamado permanente de la unidad, Chávez no ha dejado de repetir una y otra vez en estos 14 años lo que expresó con claridad meridiana ante aquel Congreso de la República que, al igual que la Constitución de 1961, fenecía en ese acto: “pensemos primero y antes que nada en el interés del país y en el interés del colectivo, pongamos en último término el interés de nuestra fracción, de nuestro partido, de nuestro grupo, de nuestra familia o de nosotros mismos”.

El proyecto bolivariano, en retrospectiva, ha sido y es una manera de entender la política con un fuerte sentido moral, puesto al servicio de las mayorías, de la soberanía popular, tal como lo expresó Hugo Chávez aquel 2 de febrero de 1999.

 

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