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24.ene.2018 / 01:40 pm / Haga un comentario

Foto: Ciudad CCS

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La labor diaria que permite que más de 600 familias del Urbanismo Atahualpa, ubicado en la avenida Libertador, parroquia El Recreo, accedan regularmente a la compra de pan a precio justo, ha dado lugar a historias de constancia, superación y esperanza por un mejor futuro.

Se trata de 11 jóvenes que desde hace cuatro meses abastecen de este rubro, no solo a los habitantes de las cuatro torres del urbanismo de la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV), sino también a casi 50 familias ubicadas dentro del Punto y Círculo.

Los integrantes de la Brigada de Jóvenes de la Patria Robert Serra ahora forman parte de la Empresa de Propiedad Social Directa Comunal (EPSDC), Panadería Trueno y Centella Atahualpa.

Recibieron el llamado para formarse como panaderos con el apoyo de instructores del Instituto Nacional de Capacitación y Educación Socialista (Inces) en un curso que duró dos meses y en el que aprendieron a elaborar pan francés, campesino, canilla y algunas preparaciones dulces, tales como golfeados y quesadillas.

La distribución de las tareas es equitativa y están organizados en dos turnos desde las 6:00 am hasta las 12:00 m y otro que parte desde esa hora hasta las 5:00 pm. Cada grupo con la responsabilidad de elaborar 400 panes diariamente.

Las familias del urbanismo, por otro lado, compran dos panes campesinos a 2 mil 500 cada uno, en una distribución que ocupa tres días a la semana.

Tiempo de ocio convertido en trabajo

“Quiero decirles a todos los que están sin hacer nada, que dedican su tiempo al ocio, que se puede aprender un oficio y ayudar a nuestra comunidad con un trabajo honesto”, fue la reflexión planteada por Maikel Rodríguez, quien, hasta el momento de iniciar el curso de panadero, no poseía un oficio ni un trabajo estable.

La situación que atraviesa el país fue una de las principales motivaciones que este joven y dos hermanos más tuvieron para sumarse al proyecto. “Estamos ayudando a la comunidad y a nosotros mismos, en tanto, tenemos un empleo digno y honesto, pero también hacemos posible que todas las familias con las que vivimos tengan acceso a la compra de un producto a precio justo”, dijo.

Indicó que mientras algunos deben pagar montos por encima de los 15 mil bolívares, ellos lo venden a 2 mil 500, lo cual apenas alcanza para cancelar la materia prima que reciben gracias al Estado venezolano, y cubrir los sueldos de los que allí laboran.

Todavía con la indumentaria de la acalorada faena, Maikel expresó: “Nosotros escuchamos el llamado a construir, a hacer, ser productivos, y es lo que estamos haciendo y seguiremos haciendo”.

Para su hermana Maide también representó una oportunidad de trabajo fundamental, pues hacerse cargo de 4 hijos representaba una responsabilidad para la cual no siempre tenía una solución.

Con este nuevo oficio encontró el camino para garantizar la crianza y bienestar de sus pequeños.

Fue la encargada de dar detalles del funcionamiento de la panadería, y aseguró que han logrado, salvo algunas diferencias, crear un ambiente de trabajo armonioso, basado en la igualdad y colaboración.

Nunca se es tan joven para empezar

El grupo de trabajo está compuesto por tres jovencitos menores de 17 años de edad. Daniekel Córdoba es uno de ellos, combina sus estudios de tercer año de bachillerato en la sede del Inces de Nueva Granada con el trabajo en la panadería.

No solo es un orgullo para su madre, sino que también un apoyo económico en su casa, donde solo trabaja la progenitora y su hermano mayor, el resto de los tres hermanos menores dependen de ellos.

“Gracias a Dios y a mi presidente Nicolás Maduro tuve mi primer trabajo. Hoy puedo decir que soy panadero, estoy estudiando y seguiré superándome porque quiero ser ingeniero”, expresó.

Cuando apenas tenía 16 años, mientras cursaba el tercer año de bachillerato, Diyeily Gil salió embarazada. Abandonó sus estudios y se quedó en casa a cuidar del recién nacido y sus hermanos menores. A pocos meses de haber dado a luz, y ya como miembro de la brigada, decidió hacer el curso. Ahora no solo puede seguir cuidando a su pequeño, sino que contribuye con la alimentación de su casa.

Diyeily considera que ha sido la mejor decisión que ha tomado hasta el momento: “El oficio de panadero es un trabajo digno, es un trabajo que contribuye con toda su comunidad”.

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