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21.jun.2018 / 09:00 am / Haga un comentario

Ramos

De: Jorge Abelardo Ramos (1921-1994)

Historiador argentino. Adopta el marxismo en los años 1930s y, retomando la observación de Trotsky sobre los Estados Unidos Socialistas de América Latina, analiza a fondo la historia latinoamericana y concluye que la única Nación posible al sur del Río Bravo es la Nación Latinoamericana.

La aparición del proletariado en la América latina del siglo xx ha planteado desde nuevas bases la tarea de su revolución inconclusa. La nación latinoamericana, que hacia 1910 sólo vivía como un eco intelectual de las viejas batallas, comienza a ser una realidad en la Cuba socialista de medio siglo más tarde. En esta penosa y heroica marcha, el plan bolivariano sólo podrá desenvolverse bajo las banderas del socialismo. Ese socialismo posee ya una inflexión propia, una especificidad latinoamericana.

Pero si el pensamiento crítico de Marx puede arrojar una luz penetrante sobre la realidad de América latina, será a condición de que la conciba como un todo> en otras palabras, se impone reunir a Marx con Bolívar. Después de la pérdida del poder bolivariano América latina fue considerada como “un pueblo sin historia”. Las instituciones, regímenes económicos y sistemas políticos que le impuso el imperialismo traían el sello simiesco de los productos que Europa destinaba al mundo excéntrico.

Las ideas marxistas no escaparon a esta degradación sufrida por tod05 los valores de la exquisita Europa al llegar a nuestras tierras. Al principio, los propios grandes jefes de la Rusia revolucionaria evidenciaban un desconocimiento completo del Nuevo Mund0. Luego, con el triunfo del stalinismo, fue exportado un artículo híbrido llamado marxismo leninismo, parido por los obtusos burócratas. El descrédito intelectual de semejante ersatz ya no requiere demostración. En cuanto a sus consecuencias prácticas, este libro ha hecho un recuento de esa edad rocambolesca.

Bastará recordar que en cada oportunidad en que el staíinismo divisaba una revolución nacional en el horizonte, se incorporaba rápidamente al bloque de las fuerzas oligárquicas que la enfrentaban. Esto ocurrió en Brasil, en Argentina, en Cuba, en toda América latina. Sólo advertían que una revolución vivía cuando ésta había triunfado; si no habían logrado impedir su victoria, se plegaban a ella para estrangularía desde el poder. Tal es la crónica del stalinismo en Cuba, con su oscura legión de Escalantes y escaladores. Cuando la revolución estaba bajo la dirección nacionalista, como en el caso de Perón, el stalinismo se unía estrechamente, antes, durante y después de su gobierno, con las fuerzas más negras de la reacción.

La propia expresión del marxismo leninismo reflejaba en la esfera semántica el sello de una política ajena. Pues toda la grandeza de Lenin como político habla residido justamente en su admirable aptitud para interpretar a su país tal como era; por el contrario, la “rusificación” de la Internacional comunista después de su muerte invirtió el método leninista. Una caricatura trágica de ese método transformó fórmulas que habían resultado óptimas para la lucha política en el imperio zarista en la clave de todas las derrotas del último medio siglo.

Por esa tazón, y no por puras consideraciones terminológicas, la adopción de un “marxismo bolivariano” compendiará mejor la naturaleza peculiar del proceso revolucionario en América latina. Este proceso deberá combinar todas las formas de la lucha. La actividad política no podrá sustituirse a la lucha armada, ni ésta a aquélla, ni la lucha legal a la ilegal, ni viceversa, pues todas ellas forman parte de un proceso único integrado por tácticas modifica-bies y remplazadles. La importancia de cada una de ellas está condicionada por la relación de las fuerzas en presencia y por las particularidades de cada región latinoamericana. Ninguna de esas tácticas puede ser elevada a principio conductor; pero un hecho está confiada por toda la experiencia histórica: no hay canino pacifico para la revolución. Ni siquiera para obtener el voto universal y secreto, reivindicación de la democracia burguesa en la Argentina, el viejo caudillo radical Hipólito encontró otro recurso que las revoluciones armadas. Sólo así obtuvo para el pueblo argentino el derecho a votar, derecho que la oligarquía, con el apoyo del Ejército, le arrebató desde 1955.

En consecuencia, la acción sindical, tanto como la guerrilla, la lucha parlamentaria, la insurrección armada o la propaganda ideológica, son fases de una misma estrategia cuyo corolario no puede ser otro que la formación de los Estados Unidos socialistas de América latina. En aquellos Estados donde las relaciones capita listas de producción han alcanzado mayor desenvolvimiento, como la Argentina, Chile, México o Brasil, las posibilidades de la lucha política parecen dominar este período y la consigna de “lucha armada” resultará inadecuada. Pero la relación entre esa consigna, la conciencia de las masas populares y el partido revolucionario deben ser muy estrechas. La disolución de esos tres factores por la decisión de un puñado de combatientes aislados conduce directa-mente al blanquismo, y muy probablemente a la derrota.

América latina no carece de mártires, sino de políticos revolucionarios y de revoluciones triunfantes. Es cierto que la lucha revolucionaria exige su tributo de martirio, pero el martirio por sí mismo no prueba la verdad del camino elegido. Este debe ser demostrado por otros hechos. El más importante de ellos es el con<> cimiento escrupuloso de la realidad económica y social de América latina.

En una de sus habituales y vigorosas expresiones, Fidel Castro aludía recientemente a las “recetas” que el stalinismo latinoamericano extrae de su archivo desde hace cuarenta años para aplicar administrativamente a los múltiples aspectos de una realidad tan rica y compleja como la de América latina. Indios caribes, prole-tirios de la siderurgia, peones de estancia, campesinos sin tierra, chacareros ricos, quechuas de milenarias comunidades estáticas, estudiantes politizados, oligarquías extranjerizantes, burguesías nacionales frágiles y cobardes, militares de encontradas tendencias y desniveles históricos profundos -he aquí un cuadro que se resiste a una fórmula simple-. Ahí debe encontrarse la razón para latinoamericanizar el marxismo y marxistizar a América latina.

Es preciso asumir plenamente nuestro glorioso pasado de lucha. Es necesario redescubrir a nuestros héroes propios y elaborar desde aquí una perspectiva revolucionaria para los 250 millones de latinoamericanos. La tarea dista de ser sencilla. El carácter combinado de nuestra realidad social determina las formas mixtas, nacionales y socialistas de nuestro programa. Del mismo modo, los elementos “asiáticos” del pensamiento de Lenin se contraponían a los elementos “europeos” de ese pensamiento. Pero ambos reflejaban la realidad de una contradicción dinámica: pues Rusia era, a la vez, bárbara y civilizada, semicolonia e imperio opresor, Asia y Europa. Por eso la dialéctica siempre viva de la política leninista mostraba cierta ambigüedad que repelía a los socialdemócratas de una Europa estable y lineal. En Lenin convivían los elementos “democráticos” y “socialistas” que a su vez coexistían en la sociedad rusa multinacional: el mujik primitivo, el obrero industrial y el ciudadano de las naciones alógenas oprimidas por los grandes rusos.

También las ilusiones de Lenin sobre la capacidad revolucionaria de la clase obrera europea se combinaban con su perspicacia para comprender el sentido profundo de la tempestad que se gestaba en Oriente. Pero si para hacer de la Rusia bizantina una nación normal era preciso destruir su imperio y dar a las nacionalidades que lo integraban el derecho a separarse, para hacer de América latina una “nación normal”, la fórmula es inversa: es preciso unir sus Estados. Tanto como para Rusia, en América latina la resolución de las tareas democráticas y nacionales sólo pueden lograrse por medio del socialismo. La burguesía nacional es incapaz de lograr el dominio político en el interior de cada Estado balcanizado; con mayor razón, ni sueña con la unidad de todos ellos. Precisamente por esa causa la tarea de Bolívar pasa a los discípulos de Marx. Éstos no podrán realizarla, sin embargo, sin la tradición de Bolívar ni volviendo las espaldas a los movimientos nacionales.

Y bien, para comprenderlo era preciso remontar el confuso río de la historia latinoamericana, a fin de revelar la unidad profunda de su corriente y tocar con la inteligencia su sólido lecho. Esa historia había comenzado en España y continuado en América. Quisimos narrar los momentos capitales de ese pasado donde los criollos emplearon las armas para ingresar a la historia universal como una nación independiente y unida. En ese periodo las grandes naciones europeas creaban su Estado nacional y nosotros lo perdíamos. Marx no comprendía a Bolívar, pero el Inca Yupanqui le inspiraba su juicio sobre la cuestión nacional.

Un siglo después de la publicación de El capital, para los latinoamericanos Bolívar y Marx ya no podrán ser separados por fuerza alguna. Exponer las razones de tan curiosa fusión fue el propósito de esta historia de la nación latinoamericana. Aunque el libro termina aquí, esa historia continúa. De donde este fin es sólo un comienzo.

 

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